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Patio de monipodio

Doble rasero popular

Con la palabra “popular” no se quiere aquí hacer mención al partido que detenta ese apellido, que si los partidos estuvieran obligados a practicar una...

Publicado: 02/03/2022 ·
11:31
· Actualizado: 02/03/2022 · 11:31
  • Pleno institucional del 28F en el Parlamento.
Autor

Rafael Sanmartín

Rafael Sanmartín es periodista y escritor. Estudios de periodismo, filosofía, historia y márketing. Trabajos en prensa, radio y TV

Patio de monipodio

Con su amplia experiencia como periodista, escritor y conferenciante, el autor expone sus puntos de vista de la actualidad

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Con la palabra “popular” no se quiere aquí hacer mención al partido  que detenta ese apellido, que si los partidos estuvieran obligados a practicar una ideología y una praxis capaz de hacer honor a su nombre, tendríamos partidos socialistas, comunistas, populares, fascistas y neo-nazis de verdad, sin engañar a nadie. Que sería lo más sano, dicho sea de paso. Pero los partidos toman el nombre considerado más rentable por sus fundadores o directivos actuales, o se cubren el rostro  creídos en que así lo pueden reblandecer, para ocultar las intenciones luego afloradas en su votación emitida en el Parlamento.

Por eso nada de referirnos a partidos, aunque a partidos hay que referirse, pero el “leit motiv” no son estos sino el trato dispar que “lo popular”, (el pueblo) otorga a los partidos en función de simpatías o rechazos, casi siempre arbitrarios y, algo mucho peor, en cuanto al miedo a reconocer su error en la democrática preferencia por quienes defienden posiciones y postulados claramente alejados de las necesidades del elector (y la electora). Democrático derecho a equivocarse, aunque sea laborar en contra de uno mismo (y de una misma), por tanto tan democrático como arbitrario, como queda dicho.

Más vale entrar en faena porque la queja en este asunto se dirige a la voluntad popular, única capaz de decidir a quien entregar el mando cada cuatro años o un poco antes, según como ande el patio y que es, entre muy posible e indiscutible que no sea tan popular más que en ser el brazo ejecutor de otra voluntad, así que, por mucho que nos duela, reconózcasele ser más popular que voluntad, más inducida que inductora con criterios menos científicos -en tanto madurados- que de simple simpatía hacia palabrería y demagogia. Lamentable. Y así nos va.

Veamos ahora la prueba: la pelea, bronca, gresca, guerra interna en el PP sólo puede ser calificada de mayúscula en lo voluminoso, de guerra a muerte productor de vergüenza ajena, visos tiene de guerra de exterminio entre los políticos que secuestraron el Poder Judicial. El cruce de improperios, los dardos envenenados lanzados en ambas direcciones, la extensión de esta guerra madrileña a otras comunidades, dónde sus dirigentes no temen desgastarse en el excusado de la incivilidad, ni al menos escudarse siquiera en la socorrida neutralidad, dice muy poco, mejor, no dice nada a favor de los contendientes y mucho menos a favor del partido que los ha fabricado, pero dice mucho de ausencia de capacidad de diálogo, de no saber lavar los trapos sucios en casa, de civismo y de esa cualidad tan necesaria en política como es la diplomacia. Antes al revés, ya está produciendo diferencias en la tropa, creando dos bandos por el momento irreconciliables como sus cabeceras visibles.

Aquí el pueblo, “lo popular” debe tener que decir algo, por ejemplo pedir disculpas, porque el pueblo también se equivoca aunque duela. Porque ese pueblo ahora beligerante, es el mismo que castigó al PA por unas diferencias entre dirigentes, mucho menos ostentosas y evidentes que estas del PP.

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